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El Instituto Superior de Música Prof. Carmelo H. De Biasi forma parte del sistema de educación pública de gestión estatal.
Junto con varios cientos de Institutos, integramos la Red Virtual de Institutos Superiores de Formación Docente coordinada por el INFD(Instituto Nacional de Formación Docente) dependiente del Ministerio de Educación de la Nación Argentina.
A través de este sitio en Internet, nuestro Instituto podrá comunicar novedades, acercar información, compartir experiencias y brindar apoyo y asesoramiento a alumnos, docentes e interesados en formar parte de esta comunidad educativa.
Este año se jubila nuestro querido Rector, Prof. Alejandro Bendersky. Felicitaciones !!
Compartimos un escrito realizado por la Prof. Susana Piñeiro, dedicada al Prof. Alejandro Bendersky.

Semblanza de un rector
Cuando se habla de una institución tan compleja como el Instituto Superior de Música “Prof. C. H. De Biasi”, se llega a la conclusión de que todos los rectores que han pasado por ahí, desde su fundador, el querido Horlando De Biasi hasta el hoy recientemente jubilado Profesor Alejandro Bendersky, compartieron el mismo amor por el quehacer musical como eje de unión y guía de la institución.
Y, cuando me refiero a la complejidad, no sólo hablo de la dimensión educativa de dicho Instituto (que para aquel que nunca transitó alguna de sus tantas carreras y particularidades de las mismas, podría ser un verdadero “quebradero de cabeza”), sino también hablo de la dimensión emocional que allí se desenvuelve a diario, y que no es poca cosa.
Recordemos que esta casa de estudios alberga (permítanme el verbo “albergar”) a personas desde los diez años de edad (menores incluso, si tenemos en cuenta la orquesta de niños “Carmelito”) pasando por adolescentes del Bachillerato y un número considerable de adultos de las diferentes carreras terciarias (profesorado de música, danza, tecnicaturas, y un largo etcétera), además de los organismos musicales que allí se desarrollan (orquestas, coros, ensambles…) Y vuelvo a resaltar el término “alberga” ya que éste hace alusión a algo que no todas las instituciones son capaces de realizar: alojar, contener y resguardar. Cada día. Desde que abre sus puertas a las 7,30 a.m. hasta su cierre, 11 p.m., sólo por dar un número redondo (los que hemos estudiado y trabajado allí, sabemos de la flexibilidad horaria de la noche, muchas veces lindante con el momento en que Cenicienta pierde el zapatito).
El punto es que tanta cantidad y calidad de personas transitando, estudiando, impartiendo clases, haciendo tiempo, practicando algún instrumento en los pasillos, almorzando (la doble escolaridad no siempre permite a los chicos volver a sus hogares a almorzar), etcétera, requiere de mucha templanza emocional por parte de las autoridades. Las problemáticas que se desenvuelven día a día en cada una de sus tantas aristas son infinitas.
Sin embargo, desde su creación allá por el año 1962, tan sólo como una escuela de música de escasa matrícula, hasta la actualidad, el Instituto de Música no ha cesado de cosechar frutos y de crecer en todos los sentidos, tanto en matrícula (actualmente con aproximadamente cuatro mil alumnos), como en creación de Carreras y obviamente, en lo edilicio, aunque éste último siempre le queda chico.
Como dije, sostener todo este andamiaje requiere de un determinado pulso emocional que ensamble a la perfección con las cuestiones de pura administración escolar.
Quizá me haya explayado un poco en esto que debería haber sido sólo una introducción, pero considero válido para entender y dimensionar lo que significa estar al mando de semejante “embarcación”. Las autoridades que han pasado por tan querida institución, han podido estar a la altura de dichas circunstancias, posibilitando su supervivencia y asegurando su trascendencia.
El profesor Alejandro Daniel Bendersky no ha sido la excepción. Músico talentoso y de una probada trayectoria musical, le tocó el pase de “posta” allá por el convulsionado año 1999, primero en calidad de vice- rector, para luego asumir la rectoría en el año 2005, con algunas intermitencias hasta el 2011 en que se desenvuelve en el cargo hasta su retiro por jubilación durante el corriente año 2026.
Su recorrido docente, de una honestidad intelectual acorde con sus saberes musicales, pudo darle las herramientas adecuadas (a la manera de un trabajo de campo) para poder dirigir la institución de modo coherente y con conocimiento de causa. Sus caminatas por los pasillos y las visitas casuales a los salones, eran moneda corriente. En lo personal, (perdón por la auto referencialidad) estos eventos siempre fueron para mí motivo de alegría. Es decir, el hecho que un superior se tomara el tiempo para compartir un momento de la clase (o la clase entera) con alumnos y docente, desde la escucha respetuosa y el buen humor (componentes clave en el quehacer docente), me supo dar tranquilidad y un sentimiento de valoración ante la sagrada tarea de enseñar.
Al hacer un repaso de su trayectoria en la docencia, puedo advertir la coherencia en el camino trazado. Las materias desarrolladas a lo largo de su vida docente son todas afines a lo que sabemos fue su eje vertebrador (y por supuesto, su corazón): la actividad sinfónico-coral. Asignaturas como “Armonía y contrapunto”, o “Armonía y formas musicales”, “Elementos del lenguaje musical integrados” junto a las de “Dirección de Coro” (juvenil, de adultos, de profesores exclusivamente, etc.) se desgranan a lo largo de más de veinte años.
Pero, ¿cuál fue su manera de habitar esos años de tránsito por la institución? Esta pregunta queda un momento flotando en el aire mientras recuerdo alguna risa cómplice en una que otra reunión o concierto, o sus enojos con voz de bajo, que parecen doblemente enojos por ese mismo registro de bajo.
Temperamental, sí. Humano, sí. Demasiado, al decir de Nietzsche.
Y la respuesta a esa pregunta también viene flotando de otras voces. De las voces de sus ex alumnos y colegas. Voces que me hablan de cómo un adolescente pudo revertir su visión de la música académica a partir del análisis minucioso del Concierto N° 5 de Beethoven. “Fue la primera vez que vi una partitura orquestal… y para colmo, después lo pude ver dirigiendo esa misma obra”. Voces que vienen como ecos. “Lo seguimos en todos sus proyectos y propuestas musicales…, había muchos que formábamos parte del coro de niños, del coro de la UNNE (cuando lo dirigía) del Coro Juvenil, del Coro Polifónico, del Coro de cámara, del Grupo Vocal etc. Los estudiantes queríamos y buscábamos formar parte de sus coros” …, “su solidaridad con colegas y alumnos era una constante”, … “le compraba el almuerzo a algún chico que no había llevado” … “ha comprado zapatillas, libros para los chicos que no podían pagar” … “marcó el camino de lo posible: de las grandes obras con orquesta, las óperas con los chicos de secundaria. Él siempre supo que podíamos hacerlo y lo demostró” … “perdonaba faltas a ‘profes’ que estaban con algún problema en sus casas” … “poder experimentar el canto sinfónico coral viéndolo dirigir y disfrutar de lo que hacía, sensación que también nos transmitió” … “En una obra muy difícil de Bach, uno de los instrumentistas se pierde, pero Alejandro le fue cantando hasta que el muchacho se logró ‘acomodar’, esto me hizo pensar en lo importante que es la figura del que lleva la batuta, esto de poder generar y transmitir esa calma para que los instrumentistas puedan resolver las partes donde hay dificultad” … Ecos de voces actuales y de las que vienen de lejos. Muchas voces que se entrelazan con la nostalgia de haber podido transitar un camino común. Muchas más de las que quedan plasmadas en esta suerte de semblanza un tanto informal.
Y al lanzar esta palabra, “informal”, también me llegan algunas ráfagas de su porte de rector “informal”, no de una manera negativa, sino un poco al decir de Julio Cortázar cuando se refería a sí mismo: el almidón y yo no hacemos buenas camisas. Es decir, la informalidad puesta al servicio de la humanidad (una vez más la palabra “humano”). La informalidad para salir al ruedo en algún acto que necesite llenar la ausencia de algún pianista acompañante. La informalidad ante un ensayo de coro que debe continuar a luz de las velas, en espacios imposibles para no posponerlo por un “simple corte luz”. La informalidad para improvisar algún discurso o alguna solución expeditiva (y sin tantas formalidades) a los constantes y diarios problemas de la vida institucional.
Y de nuevo la pregunta ¿cuál fue, entonces, su forma de habitar esos años de trabajo en la institución? La respuesta viene más llana, pero a la vez compleja: la de ser humano, demasiado humano. O como dice el mismo Nietzsche en el aforismo 35 de esa obra: con “una disposición iluminada por el arte y el conocimiento”.
Prof. Susana Piñeiro



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